De su puño y letra.

Fue el intensísimo golpeteo de la lluvia lo que, como de costumbre, me hizo despertar. El que a mi lado duerme, como todo niño inglés, aprendió a hacer de la tormenta su predilecto lullaby. Pero mi sueño, papel de china, se rasgó sin dejar posibilidad de restauración alguna. Dadas las circunstancias, me dio por examinar otra vez un techo en el que, por lo regular, nunca pasa nada – ni nada pasará… Un  hecho bien sabido que a la cabeza mía le invita a trascender el cobijo de concreto para llegar hasta las nubes y repasar desde ahí una lista de pendientes por completar. Así es siempre, o casi siempre, menos hoy. Porque a pesar de mi miopía pude identificar que lo que ahí se movía era una araña que tal vez buscaba qué desayunar. Me dio entonces por deducir que el huésped nuestro se desplazaba por el techo porque tenía extremidades, ocho de ellas que de algún modo tendrá que coordinar. Porque la rígida naturaleza de las asociaciones racionales funcionan así, de las patas de la araña mi lógico pensamiento se dirigió directamente a la letra de mi mamá: ilegible, con tés sin tilde; curvas y curvas imposibles de decodificar. Y como la araña no se detenía, me provocó a estimar cuántas de ellas, cuántas fachosas letras, tendré yo en esa pila de cartas escritas de su puño y letra, ilustradas todas con algún lápiz Prismacolor de punta rota que seguro guardaba en el cajón de su secreter; ese atesorado mueble que almacenaba también todas las soluciones a los problemas de nuestra niñez…

Agoté el ejercicio reconociendo que lo primero que yo haría al dejar la cama, tal y como lo hizo ella por años y años, sería comer una manzana y tomar un café. Y que el pobre amor mío, como siempre lo hizo el amor de mi madre, se despertaría con el desconsiderado andar de unos pies diminutos dirigiéndose hacia la cocina, que si me hallo en desorden, no dudaré en organizar de una vez. Es verdad que yo marco una tilde sobre la mayoría de mis tés, pero debo aceptar que con frecuencia yo misma olvido trazarlas también: soy un granito minúsculo con destellos de beldad que le robé a esa piedra preciosa de letra fatal.

Unos despiertan con tos, otros con gripa, otra coordinando patas y explorando el techo buscando con qué se podrá alimentar. Yo desperté al sonido de una lluvia extranjera y con síntomas de añoranza porque mi sueño de papel de china se rasgara con el sonidito arrastrado de unos pasitos que no saben ni entienden nada sobre la pasividad; me habría gustado, en lugar de la lluvia, escuchar una loza cuyo golpeteo anunciara que ya casi es hora desayunar. Hoy, yo desperté llorando, solo un poquito, al pensar en lo hermoso que siempre me ha parecido la horrible letra impresa sobre las cartas de mi mamá.

Desde la distancia

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