Ya les digo

No hay órgano más complejo que el corazón de un inmigrante: late dos tiempos y se frena tres; solloza seis latidos y se carcajea diez; baila dos pasos y se tropieza tres. El corazón de un inmigrante degusta sus raíces y se indigesta con lo familiar. Blasfema contra lo disímil y se embriaga con diversidad. Escribe triunfos de leyenda y relata pesadillas que le han ido atando los pies y las manos con trapos de realidad. Llora lo mismo con el retrato de un rostro distante que con el aroma del torso cercano que –por esa tarde- adopta de balsa, de escudo o de cuartel. Vive de recuerdos aunque el hambre la apacigua a bocanadas de porvenir. El corazón de un inmigrante lleva siempre la piel amoratada por la insuficiencia de los días y la asfixia que le provoca la eternidad del tiempo entre el hoy y el nos-volveremos-a-ver.

No hay órgano más complejo que el corazón de un inmigrante, porque no es uno: son dos, tres o hasta diez. Es fragmentos regados en todas las tierras que le vieron llorar, que le vieron amar y volver a nacer.

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