Eterno e inolvidable

Ni pasaporte, ni filósofo, ni poeta, ni autor de ningún tipo o nacionalidad ha tenido la fuerza y la importancia que Juan Gabriel tuvo en la construcción de mi identidad; de mi pertenencia a un país y a una nación dada; a más de un sector de la sociedad de mi tierra natal; a una familia determinada e incluso a una red de amigos entrañables -que siguen aquí o que se me han ido ya. Juan Gabriel suena a mi irrisible, sí, pero muy real rebeldía y sed de independencia. Sus canciones son una descripción precisa, acertada y transparente de tantas y tantas alegrías mías (nuestras), de incontables tristezas, soledades y de miedos que una y otra vez su voz me transformó -sin proponérselo- en “Patricia: sonríe y canta, que esto también pronto pasará”. Sin embargo, Juan Gabriel para mí no es una mera o lúdica excentricidad: es el recuerdo de escuchar a mamá cantando sus canciones sobre tapices de jacarandas en los parques de Guanajuato; es verla reír y bailar alzando los brazos al cielo; es recordarla llorar porque “el tiempo pasa y él nunca perdona [porque] es malo y muy cruel amigo…”.

Y vaya que lo es.

Por eso estoy genuinamente triste. Tristísima.

Pero contenta por haber nacido en un país y en una época que me permitieron conocerle y amarle como lo he hecho hasta hoy y como lo haré por siempre jamás.

Un beso hasta donde estés, Juan Gabriel. Y gracias eternas por tu generosidad.

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