A serpientes, escaleras.

Quiero hacer una lista, necesito hacer una lista urgente. Una que enumere las partes de mí, de mi biografía y de la persona que soy hoy y que nunca habría descubierto si no hubiera conocido, abrazado o amado a un estadounidense. No está escrita en orden de importancia, pues son todas presencias paralelas en mí, tan fundamental una como la otra y como la siguiente… Y espero, como las que me falta por acumular.

Gracias a que un día conocí, abracé o amé a un estadounidense:

– Obtuve mi primer trabajo como profesora de lenguas en una universidad.

– Creí por unos segundos que mi inglés era magnífico aun antes de haber vivido en un país de habla inglesa (es claro que quien me dijo esto me amaba demasiado), lo cual me dio la confianza de hacer todo lo que he hecho con este idioma.

– Me atreví a escribir poesía en inglés,

– y a publicarla.

– Sé jugar billar (aunque haya perdido un poco de práctica)

– Tengo tres libros en mis repisas, regalos todos, cuya lectura me cambió la vida para siempre: Cartas a un joven poeta (María Rilke); La insoportable levedad del ser (Milán Kundera) y Monólogos de la vagina (Eve Ensler).

– Conocí a mi mejor amigo, mi hermano de alma quien junto conmigo fue contratado como editor en una revista local.

– He dibujado ángeles sobre la nieve con mis propias extremidades.

– y presenciado un Pow-Wow en todo su esplendor.

– Practico yoga al menos dos veces por semana, como lo he hecho desde 2002.

– Soy una ferviente senderista.

– Sé que las piedras de río son un poco deslucidas cuando están secas, pero que guardan colores vívidos que se desvelan en cuanto las baña un poco de agua.

– Aprendí a observar y a registrar la diversidad botánica en cada metro cuadrado de un terreno dado.

– Conozco la textura de la nieve y la sensación de exprimirla en las manos

– y he visto al sol brillar sobre la nieve.

– He degustado puñados de huckleberries entre bosques y cascadas.

– En fin, tengo un respeto y una relación con la naturaleza como la que nunca había desarrollado en mi propio país.

– Descubrí el maravilloso mundo de la psicología cognitiva.

– Dediqué un año entero a estudiar el Tractaus Logico Philosophicus y las Investigaciones Filosóficas de Wittgenstein, lo cual me hizo pensar acerca del lenguaje de una forma completamente distinta.

– Entendí que las cicatrices no son signos de fealdad, sino de batallas que hemos ganado y nos han permitido ver nuevos amaneceres.

– Aprendí que ser mujer no tiene porqué ser una desventaja y que nosotras no somos culpables de la gran mayoría de las responsabilidades que históricamente se le han adjudicado a las de mi género.

– Comprendí la naturaleza de algunos aspectos sobre el ejercicio de estudiar en el extranjero, algo que me ha permitido guiar a cientos de estudiantes que viajan año tras año para descubrir lo que dicha experiencia tiene guardado para ellos.

– Tomé parte en un proyecto de investigación maravilloso que se centraba justo este mismo tema sobre la residencia en el extranjero…

Y podría seguir.

Escribo todo esto impulsada por reacciones que he observado y que no ayudan a ninguno de los dos lados. Por una parte nos parece fatídico que se hagan generalizaciones sobre nuestra gente y nuestra tierra y, por otro, tratamos de defendernos con la misma moneda: Los gringos y sus ideas; los gringos que nos odian; los gringos y su xenofobia; los gringos y su amor por la tortura y las armas; los gringos y su falta de cultura milenaria, de historia; los gringos, los gringos, los pinches gringos… ¡que se larguen a su tierra!

Es verdad que sería otro error fingir que nuestra relación ha sido siempre equitativa, cordial, amable, sencilla. Muy lejos, lejísimos de serlo. Pero lo que hoy nos hace falta para desarticular la intolerancia no es nueva intolerancia. No hace falta desplegar más desamor donde tan poco amor nos queda. Lo que nos urge es que nosotros, desde nuestras pequeñas existencias, hagamos un recuento del afecto que hemos logrado sentir unos por otros en ambos lados de la valla a pesar de la conflictiva relación que siempre hemos guardado.

Nosotros, somos nosotros, no nuestros gobiernos.

Mucho menos los líderes que lo único que buscan es salvar su propio pellejo… ¿O somos nosotros quienes extirpamos los ojos de Julio César Mondragón un 26 de septiembre en las calles de Iguala? ¿Somos nosotros quienes enviamos a las fuerzas armadas responsables de los atroces acontecimientos de Atenco? ¿Somos nosotros quienes desvestimos de toda dignidad a los inmigrantes guatemaltecos?

Tal vez podamos lavarnos las manos por estas responsabilidades de algún modo,

O tal vez no:

Aquel que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

Que quede claro: Éste no es un grito anti-México y pro-“América”, solo que sentí de pronto que nos hace falta recordar que las falacias no mueren a falacias: ni somos todos violadores, ni son todos radicales; ni somos todos criminales, ni son todos magnates encadenando trabajadores por el cuello; ni les enviamos solo lo peor, ni son todos ellos los peores seres humanos que han pisado este planeta.

Apoyemos el comercio local, que ya era hora de que lo fuéramos haciendo. Y sin regateos. Y boicotea Starbcuks, sí, y McDonald’s y Wallmart y todo lo que tú quieras. Pero recuerda primero que a estas alturas, los Estados Unidos y nosotros somos hiedras de una misma enredadera; que probablemente el sueldo del cajero en ese supermercado, de la barista en el Starbcuks, de quien hace la limpieza cuando el McDonald’s ha cerrado, mantiene a alguna familia mexicana que -para variar- se verá atrapada en la trinchera…

Nos diría Sosa: No será tan simple como abrir el pecho y sacar el alma… pero ¿quién dijo que todo está perdido? Todavía podemos ofrecer el corazón… Pienso que podríamos hacerlo, que, como nos lo aseguró Galeano, muchos corazones pequeños desplegando muchos amores pequeños pueden romper cualquier muro que erijan los que de amores no saben nada. Pero yo no soy muy adepta a ir por el mundo dictando preceptos de cómo debe vivirse la vida porque yo misma apenas estoy aprendiendo a vivirla… Y tomo mis lecciones en una de las aulas más privilegiadas, en un lugar desde el que lo ignoro todo y entiendo nada. Pero ojalá que de pronto un día nos levantemos con ganas de comprobarnos que el amor siempre gana, que el amor gana todas las batallas…

Y ojalá que ese día llegue a tiempo – no cuando nos miremos en el espejo y descubramos que nos hemos convertido en los cimientos del muro que soñaron ellos.

lee

Ilustración: Stephanie Lee (2013)

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