Una mujer que baila III

Yo me acuerdo de que de niña, siempre pedía exactamente el mismo deseo cuando apagaba una vela de cumpleaños: Ser capaz de bailar todos los ritmos y estilos de todos los países y culturas en el mundo. Por supuesto que no he completado esta colosal ambición, pero tampoco es un sueño que a mis cuarenta y tres haya abandonado. Y hoy, después una rápida introducción al arte, puedo agregar otro estilo a la ya de por sí extensa lista: El iraquí.

Qué importante me parece, qué honor y qué privilegio se me concede cuando -en estos tiempos y en estos días- puedo afirmar que soy (1) una mujer, (2) mexicana, (3) inmigrante, y (4) poseedora de una cierta habilidad dancística la cual me ha permitido hacer de mi cuerpo un instrumento de paz que va pulverizando paso a paso, salto a salto y giro a giro, los malentendidos y contradicciones de nuestra humanidad…

Me gusta imaginarlos hechos trizas bajo mis pies.

México, Inglaterra, Irak. Por hoy, fueron uno solo: el mismo aire, el mismo vientre y el mismo sudor; entrelazados en los cabellos de una mujer que baila; unidos a través de mí.

Gracias a la vida por esta oportunidad.

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