Otra hora. Otro día.

Desde que amaneció, he visto algunas de las maravillas del mundo: La carita de mi John, dos tazas de café en los burós de nuestra recámara, la textura de un higo, mis manos, la lluvia resbalando por el cristal, algunos pájaros con ramitas en el pico personificando otra esperanza, otro principio…

El frío. También he visto el frío.

Desde que amaneció, la vida se ha empeñado en recordarme que estoy aquí, que he despertado y visto y besado y oído… Que la mía no es una biografía que terminara ayer bajo los escombros de concreto bombardeado; ni navegando por el Mar Mediterráneo sobre un precario bote salvavidas; ni cruzando el desierto o la ciudad en ambulancia; ni arrojada por ahí en los oscuros callejones de algún barrio…

Ni sobre un puente.

Ni debajo de un auto.

Estoy aquí. Como está también la gente que amo.

Desde que amaneció, he corroborado que pertenecemos a una especie enferma. Pero no muerta; pues somos tan capaces de hacer daño como de apresurarnos a brindar apoyo, calor y fuerza a los que van quedando.

Es en días como hoy cuando me asfixia un poco la gran responsabilidad que tenemos todos los que seguimos aquí y que no debemos -nunca- dar nada, nada por sentado…

Y es por eso que, desde que amaneció, le he agradecido a la vida la sorpresa, los aromas, el amor, la responsabilidad, el frío, la asfixia y las incontables oportunidades que con este día nuevo, asombrosamente se me han dado.

 

 

 

 

 

 

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