La Garza y yo.

En esta casa, cada vez que registramos la llegada de una nueva especie de ave visitante organizamos un colorido ritual de celebración: Anotaciones detalladas de su comportamiento o aparente razón para visitarnos, fotografías (si nos es posible), dibujos, fichas técnicas, libros, páginas especializadas, estudio y más estudio (¿qué come? ¿Dónde vive normalmente? ¿Qué tan probable es verla merodeando por aquí?) y, por supuesto, sonrisas y un brindis con vino tinto a la hora de cenar.

Esta semana recibimos una nueva especie que es sin duda la más espectacular y más hermosa que hemos visto en este jardín: una garza real. Se trata de un ave que mide en promedio 90-98 cm de altura. Bellísima. Y verla volar, con el poder que despliega su envergadura de dos metros, es un verdadero privilegio. Tanto así que irónicamente, toda esta semana la he dedicado a caminar 6 millas cada día solo con el fin de observarlas en su hábitat natural… Pero hace dos días, no habría habido necesidad de hacer tal expedición pues una de ellas vino aquí, a nuestro mismísimo jardín…

Y sin embargo, no lo celebramos. No con la misma felicidad. No teníamos necesidad de consultar la razón por la que estaba aquí: es invierno y por lo tanto no tiene el mismo acceso a los enormes bancos de alimento que le ofrecen los ríos que rodean nuestra ciudad. Así que no le queda más remedio que hurgar entre los estanques de los jardines privados con el fin de sobrevivir. La visita de la garza real trajo como consecuencia que en lugar de cuatro peces, hoy tengamos solo tres. Y esto ha provocado una inexplicable tristeza en mí, en esta casa. Nuestros peces no son mascotas, son criaturas salvajes que hace seis años le pedimos prestadas a la madre naturaleza para que nos ayudaran a mantener el equilibrio natural de lo que, aun con este episodio, pensamos que ha sido un proyecto bastante exitoso de proveer una especie de santuario para las especies que la humanidad ha marginado en su obsesión por regar plástico y concreto en cada esquina de nuestro planeta… Pero es como mi Flaco me lo ha dicho antes y me lo ha dicho siempre: “si hemos creado un ambiente para la vida, hemos creado un ambiente para la muerte también. They go hand in hand”. Y tiene razón. Tanta razón. Lo cual tampoco significa que no tenemos el derecho a sentir este vacío al ver solo tres peces escondidos debajo de cualquier piedra que los puede proteger…

…aterrados.

Tristes….

Yo sé que saben perfectamente que al principio de esta semana eran cuatro y que hoy, son solo tres.

Lo sé.

(Mientras escribo esto, lloro. Lloro todo esto por primera vez. Vaya cascada de lágrimas atrasadas…)

Pero de ninguna manera vamos a tomar alguna decisión que implique lastimar a la garza: ni estúpidas redes de protección que le puedan lastimar esas hermosísimas alas y mucho menos sistemas eléctricos que la hagan sufrir solo por venir a buscar un bocado que le ayude a sobrevivir otro día de invierno. Las garzas no son cazadoras deportivas que cazan porque sí, por juego, por trofeo y que dejan a sus víctimas semi-muertas. Las garzas, con todo y la tristeza que siento hoy, merecen nuestro respeto y cuentan con todo, todo mi amor.

Vaya contradicción. Vaya dicotomía. ¿Cómo se resuelven estas incompatibilidades en el corazón?

Lavándolo con llanto, llanto y más llanto.

Decía Benedetti que él tenía la teoría de que cuando uno llora no llora por lo que llora, sino por lo que no lloró en su debido tiempo…

Yo lo que pienso es que es una bendición saber que estamos viviendo el último día de 2017. Un año que vino a ponerme todas las pruebas que le debía a mi buena fortuna. Un año que me dio las mejores lecciones de vida, pero solo hasta después de haberme lanzado al piso de rodillas para que recogiera las preguntas de la tierra. Un año en el que aprendí la fragilidad de todo y de todos; en el que reconocí limitaciones mías cuya raíz es más profunda de lo que creí; en el que experimenté niveles de miedo y de soledad como los que nunca había palpado; en el que despedí para siempre relaciones entrañables que fueron verdaderos guardianes de alma en el trayecto de mi vida; en el que me vi en la necesidad de reajustar los espacios habitables en mi corazón-condominio que resultó ser más bien un corazón-manicomio…

Un año que gracias al Cielo, está por terminar.

Ahora que lo pienso, es posible que yo no llore ni por el hambre de la garza ni por la muerte de nuestro pez, ahora que lo pienso, es probable que cuando lloro, lloro por todo cuanto no lloré en su debido momento durante este año que agoniza…

Todo esto que hoy me hace derretirme en llanto se llama “tristeza”. Se llama “muertes pequeñas”. Pero, si se me permite ser completamente honesta, se llama también “valentía”, “laurel”: Estoy aquí, resumiéndolo todo. Estoy. Y nunca antes de 2017 había sido tan consciente de al menos tres cosas importantes; (1) Soy una mujer mucho más fuerte y más valiente de lo que imaginé y lo he sido desde una muy, muy temprana edad, (2) soy profundamente afortunada de tener más de un nombre que lanzar al viento en la hora más oscura, nombres que responderían a mi llamado más confundido y más desesperado- y que lo hicieron, sin vacilación y (3) la verdadera función de los ramos de flores es proteger nuestra dignidad.

En fin… ¿Qué queda por decir? Que ahora entiendo, así, mientras escribo esto, que la garza real no vino a esta casa por un pez. Vino por mí, a recordarme algunas importantes que quiere que empaque en mi maleta antes de que emprenda mi viaje de salida de este sitio llamado 2017:

Aceptación.

Desprendimiento.

Tranquilidad.

Y la magia del tiempo presente.

La garza real que vimos en el jardín vino a decirme: “Observa mi vuelo, Patricia, los colores de mis alas que has dibujado más de una vez; date licencia de sentir tu tristeza, sí, pero no dejes que ese sentimiento opaque la nueva experiencia de te dará atestiguar las acrobacias de los tres peces que dejé. Yo he sobrevivido otro día de invierno y tú, Patricia, otro año, otro interesante e inolvidable capítulo en tu compleja pero bellísima biografía. Hoy, Patricia, yo tengo mis alas y mi plumaje y tú, tú tienes tus piernas, tus pulmones y todos los sentidos que te permiten andar las millas y millas que nos han hecho coincidir. El pasado se disolvió ya y el futuro no te pertenece – ni a ti, ni a mí, ni a ninguno de los que amamos (tus peces incluidos). Venga, Patricia, a secarse las lágrimas y a organizar un brindis por el año que se va y que te vino a tatuar en las membranas de la memoria y del corazón:

Aceptación.

Desprendimiento.

Tranquilidad.

Y la magia del tiempo presente que te permite aprender y me permite volar”.

 

Greyt Heron, Winchester.

©P.Romero: Garza real. Itchen Riven, Hampshire, UK.

 

 

Un pensamiento en “La Garza y yo.

  1. 2017 fue un año muy particular. Duro, siniestro. Silencioso. Pero esa es otra historia.
    Varias veces las he visto a lo lejos, en la presa a las garzas. Son magníficas, altivas. Cuando caminan, cuando inician el vuelo. Como te desdeñan si te descubren observándolas, como bobo.
    Las que han bajado aquí en invierno no sufren las inclemencias de las que nos hablas con tu visitante.
    Pero esta historia que nos das nos enseña, entre otras cosas, que el invierno, lo terrible y lo siniestro puede golpear todo. Incluso a los seres más preciosos y altivos. Nuestras concepciones sobre la belleza y lo que es admirable, se estrellan de forma aterradora con la realidad. Como la muerte de un pez, como el hambre de un ave.

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